Frío en las pantorrillas después del torno
Soy alfarero en Alcantarilla y trabajo como se ha hecho siempre: sentado al torno, con las piernas abiertas y quietas mientras las manos suben el barro. Súmale el horno encendido y un agosto murciano. Mi cuñada, que tiene una peluquería y pasa el día de pie, me dio su tubo azul una tarde que me vio arrastrar los pies.
Desde entonces hay uno en el taller, en la balda de los esmaltes, lejos del horno. Me lo pongo al llegar y otra vez al cerrar: me siento en el poyo de la puerta, me remango el pantalón y subo con las manos desde el tobillo hasta la corva. El frío es inmediato y huele a eucalipto; dura lo justo para recoger y echar la llave.
Lo que cambia es cómo termino el día: las piernas más ligeras y sin esa sensación de botijo lleno a la altura de los tobillos. Pongo de mi parte, claro: en cada hornada me levanto a regar el patio, bebo agua a todas horas y al anochecer camino con mi mujer por la huerta, siguiendo la acequia.








