Los zuecos del mostrador ya no mandan en mis pies
Despacho embutido y carne en Motilla desde los veinte años: nueve horas de pie, zuecos blancos de goma, el suelo recién baldeado y la cámara a dos grados. Los talones se me habían puesto como corteza de jamón. Mi madre, que pasó cuarenta años detrás del mismo mostrador, me dejó un tubito verde encima de la báscula.
Salgo de la ducha de la noche, me seco bien los pies, dedo a dedo, y me doy una capa fina en plantas, talones y entre los dedos. Dos minutos de masaje viendo el telediario y a la cama. Las vísperas de fiesta, que no paro, repito por la mañana antes de los calcetines. Con tan poca cantidad, el tubo cunde mucho.
El talón ya no me rasca la sábana y, al quitarme los zuecos, el pie sale fresco, no recocido como antes. También he cambiado cosas: calcetines de algodón, un par limpio a mediodía y los zuecos al aire toda la noche. Los domingos, botas viejas y a andar por la ribera del Valdemembra.




