Dos pasadas en la taquilla y me calzo las botas
Conduzco una carretilla elevadora en un almacén de Zarautz, turno de mañana, con botas de puntera de acero y calcetín gordo todo el año. Martes y jueves hay pala en el frontón y ducha en el polideportivo. Un compañero del muelle de carga tenía un frasco blanco en la taquilla y, de tanto verlo, acabé pidiendo otro.
Lo uso dos veces: en el vestuario, antes de las botas, y por la noche al salir de la ducha. Pies secos, una pasada por la planta, otra entre los dedos y otra por las uñas, y espero a que se seque mientras me abrocho el mono. No hay que frotar ni lavarse luego las manos. Deja un olor a tomillo, a monte.
Cuando me quito las botas a las dos, noto el pie fresco, y la taquilla ya no echa para atrás. Las uñas se ven cuidadas, cosa que en verano se agradece. Pongo de mi parte: periódico dentro de las botas, chanclas en las duchas del polideportivo y, los domingos, la playa descalzo de punta a punta.








