Seiscientos hilos por urdimbre y un bote entre lanzaderas
Tejo en telar de bajo lizo en un taller de Onda: mantas, caminos de mesa y algún tapiz por encargo. Urdir es contar hilos de uno en uno, seiscientos en una pieza ancha, y a media tarde ya tenía los ojos rendidos de tanto fijarlos. Una compañera de la feria de artesanía, que hace encaje, llevaba este bote blanco en el bolso.
Son dos cápsulas con la comida; yo las tomo en el taller, con la fiambrera, y dejo el bote en el estante de las lanzaderas para no tener excusa. Como cada uno da para diez días, pedí tres de una vez. De paso me he puesto una norma: cada cuarenta pasadas levanto la cabeza y miro por la ventana hacia el castillo.
Lo que puedo contar es que al apagar la luz del taller ya no tengo los ojos tan cargados y que he vuelto a leer un rato en la cama, cosa que tenía abandonada. Las gafas de cerca siguen colgadas de su cadenilla y cambié el fluorescente por un flexo de luz cálida. La revisión de la vista me toca en febrero y no la retraso.





