Treinta y ocho años junto a la cerradora de latas
Me jubilé después de treinta y ocho años en una conservera, pegada a la cerradora de latas, que no callaba en todo el turno. De aquello me quedó la costumbre de hablar alto y, de noche, una cabeza que no sabía apagarse. Mi nuera, que se lee todas las etiquetas, me trajo a Yecla una caja azul y amarilla.
La tomo de noche, con su vaso de agua, cuando termino de recoger la cocina, y a partir de ahí ya no cojo ni el móvil ni el ganchillo. La caja está en la mesilla, y si me quedo a dormir en casa de mi hija la echo al bolso, que abulta lo que una funda de gafas. Trae diez cápsulas, así que pedimos varias de una vez.
Me duermo antes y no doy tantas vueltas; me levanto con mejor cara, y con la cabeza descansada el jaleo del mercado se lleva de otra manera. También he bajado el volumen de la tele, y por las tardes ando hasta el Castillo con dos amigas. Al otorrino voy cuando me toca, como venía haciendo.





