Mientras la leche se templa, mi cápsula y un vaso de agua
Hago queso de cabra en Arcos de la Frontera, y una quesería suena más de lo que la gente cree: la bomba, la cámara, la envasadora. A mediodía subía a despachar con la cabeza espesa y el mostrador se me hacía cuesta arriba. Mi hijo, que lleva los pedidos por internet, encargó un bote de Aurivit junto con las etiquetas.
La cápsula toca cuando pongo la leche a templar: mientras la cuba coge temperatura subo a la oficina, me la trago con un buen vaso de agua y repaso los pedidos. Siempre por la mañana y siempre una, que el bote trae veinte y me dura casi tres semanas. Lo guardo en el cajón de las facturas, lejos de la humedad de la sala.
Subo a la tienda más despejada y el rato de mostrador se me hace menos largo, incluso los sábados, cuando vienen grupos a la cata. En la sala también hago lo mío: me pongo las orejeras cuando arranca la bomba, he quitado la radio y, al terminar, me regalo diez minutos de patio en silencio antes de comer.








