Una cápsula con el café, antes de abrir la cancela
En la conserjería de un instituto de Sigüenza el día suena así: timbre cada cincuenta minutos, chavales por el pasillo y una fotocopiadora que no calla. Lo que me empezó a fastidiar fue el bar, los domingos, con la partida: me perdía la mitad de las bromas. Un compañero de mus traía una cajita blanca con una oreja dibujada.
Me la tomo con el café de las ocho, antes de abrir la cancela. Una al día, que así lo manda la caja, y como cada una trae diez, pido tres de golpe y así cubro el mes. Me gustó ver los 40 mg de ginkgo escritos delante, sin tener que buscarlos con lupa: bastante letra pequeña leo ya en la conserjería.
Llego a última hora menos aturdido del jaleo y en la partida sigo mejor el hilo de la mesa, aunque ahí también cuenta que ahora me siento de espaldas a la tele. Me hice la revisión del oído que tenía pendiente, llevo tapones cuando toca la charanga en fiestas y por las tardes paseo por la alameda, donde solo cantan los mirlos.





