El frío que me espera al bajar la persiana del taller
En mi taller de Llanes entran sillas cojas, butacas despanzurradas y algún banco de sidrería, y el oficio va de tensar cinchas a pulso y clavar grapas de rodillas en el suelo. El tubo azul me lo regaló mi hermano por mi cumpleaños, medio en broma: él juega al fútbol sala con veteranos y dice que a nuestra edad se regalan geles.
Lo guardo en el cajón de las tachuelas. Cuando remato un sofá de tres plazas me pongo una raya de gel en los dos hombros y en la rodilla que apoyo; en segundos noto un frío serio, como de meter la pierna en el Cantábrico en mayo. Lo dejo al aire, sin taparlo, mientras barro las grapas del suelo.
Lo que saco en limpio: ceno con los hombros más sueltos, sin esa sensación de llevar el sofá a cuestas. De mi parte he puesto una colchoneta para arrodillarme y, cuando cierro pronto, camino por el paseo de San Pedro, con el mar abajo, que estira más que cualquier cosa.





