A las cuatro suena el despertador, no la vejiga
Tengo la pescadería en Binéfar y a las cuatro y media ya estoy cargando cajas de merluza en la furgoneta. Me acuesto a las diez y, de diez a cuatro, me levantaba tres veces: llegaba al mostrador más dormido que las sardinas. El frutero de al lado, de mi edad, guardaba un bote morado detrás de la báscula y me habló de él.
Lo tomo como pone el envase y siempre con la comida, cuando cierro a las dos y me siento por fin a la mesa. En ayunas no, que con el estómago vacío a mí no me sienta bien nada. Dejo el bote junto a la aceitera, que es lo primero que veo antes de coger la cuchara.
De diez a cuatro ya solo hay un viaje al baño, hacia las tres, y me vuelvo a dormir. Con cola en el mostrador no tengo que dejar el cuchillo a medias. Ceno poco y los domingos me hago un buen trecho del camino del canal. El análisis del PSA me lo sigo haciendo todos los años.





