Ya no hay sirena, y yo seguía saltando de la cama
En el parque de bomberos aprendes a saltar de la litera a la primera. Me jubilé, me vine del todo a Cullera y seguía saltando tres veces cada noche, sin sirena que valga: era la vejiga. Un compañero de promoción sacó su bote de Uroprostan en la comida de veteranos y me pasó la caja para que la leyera.
Sigo lo que pone el prospecto y siempre por la mañana, con las tostadas, que por el ginseng no es cosa de tomarlo tarde. Como tengo la tensión en su sitio y no llevo nada para el corazón, pude empezar tranquilo. El bote está junto al tostador, con la tapa bien cerrada por la humedad del mar.
Mis noches ya no parecen una guardia: duermo tramos largos y, si me despierto, enseguida cojo el sueño. Por las mañanas voy andando hasta el faro sin fijarme en dónde queda el bar más cercano. Ceno pronto, la cerveza la dejo para el mediodía y cada otoño paso la revisión, igual que cuando tocaba el reconocimiento del cuerpo.








