La ronda de noche ya no pasa por la máquina
Barrera, rondas con la linterna y muchas horas muertas en la garita, con la máquina de patatas fritas a tres pasos: así se guarda un camping a media hora de Estepa. Y en otoño, mantecados por todas partes. Fue una campista de las fijas, de las que pasan el invierno en la caravana, quien me enseñó su bote blanco.
Sigo lo que pone el envase, sin inventar, y siempre con el vaso más grande que tengo, porque lleva chía y con eso hay que beber. Me he subido una garrafa a la garita y la voy vaciando entre ronda y ronda. El bote está junto al termo, que es donde ceno, para que no se me pase.
Ceno un plato y no dos, y la ronda de las tres ya no termina delante de la máquina. También camino más: doy la vuelta entera al recinto en vez de mirar las cámaras, y de día subo un rato al cerro de San Cristóbal. Los mantecados siguen ahí, pero ahora me como uno y cierro la caja.




