El bote está en la cocina, al lado de la lechera
Ordeño a las seis y a las diez ya llevo media jornada en el cuerpo; a esa hora caía un bocadillo de chorizo que valía por dos comidas. En la feria de ganado de Torrelavega, un tratante amigo me habló de las cápsulas que su mujer tomaba con la comida. Me apuntó el nombre en el recibo del pienso.
El bote lo tengo en la cocina de casa, en Castro Urdiales, al lado de la lechera. Me tomo lo que marca la etiqueta cuando me siento a comer, con un vaso de agua de los grandes, y no le doy más vueltas. Son de color crema y pasan bien. Mi mujer dice que es lo único que hago sin protestar.
Sigo subiendo a los prados de Sámano dos veces al día, pero ahora llego a la mesa sin haber asaltado la despensa, y por la tarde no me pesa el cuerpo al mover las pacas. Los sobaos han quedado para el domingo. El buzo de faena, que me costaba cerrar, sube ya la cremallera de un tirón.








