Yo, que no trago una pastilla ni con pan
Levanto tabiques y alicato baños por la comarca de Viveiro, y cargo sacos de cemento sin pestañear, pero con una pastilla en la boca soy un crío: la paseo, bebo medio vaso y ahí sigue. Cuando me puse a dieta, mi suegra me plantó delante su frasquito de etiqueta roja: ella lo echa en el agua y dice que así cualquiera.
En casa cuento veinticinco gotas en el zumo del desayuno; las otras veinticinco van al agua de la comida, que entre semana es de fiambrera y sentado en un palé. Más tarde, nunca: lleva guaraná y té verde, y yo, con cafeína a deshora, me paso la noche contando vigas.
A media mañana ya no voy apagado ni bajo al bar a por la empanada: me espero a la fruta. Los domingos, en vez de quedarme en el sofá, doy la vuelta entera a la playa de Covas. Y el arnés de seguridad, que llevaba con las cintas al tope, ya me deja apretarlas un poco.








