Una al día, como quien da cuerda al reloj
Con la lupa en el ojo y las pinzas en la mano paso nueve horas pegado al taburete de mi relojería, en Tauste. Con el café de las diez caía una magdalena y, antes de comer, otra. Mi compañero de guiñote, de los que leen todas las etiquetas, me trajo este bote y me señaló la tabla: diez miligramos de cafeína, ni uno más.
Me venía al pelo, porque con dos cafés me baila el pulso y así no hay quien coloque un volante. Tomo la cápsula con el desayuno, su vaso de agua, y no vuelvo a pensar en ella hasta el día siguiente. Como el bote trae veinte, lo tengo al lado del almanaque del taller y voy tachando casillas.
Paso la mañana más despierto y la magdalena del café ha dejado de llamarme; ahora me llevo una manzana. Aparte, voy al taller en bici y, al cerrar, estiro las piernas por la orilla del canal. La correa de mi propio reloj la llevo un punto más cerrada, que para un relojero es una forma muy seria de medir.





