Veinticinco en el desayuno y veinticinco en la obra
Pinto pisos y fachadas en Segorbe desde chaval y, cumplidos los cincuenta y uno, el andamio ya no lo subía igual: me sobraba barriga para tanto peldaño. Mi hermana, que lleva un año cuidándose, me dejó en la furgoneta una caja verde con un frasquito dentro. «Veinticinco y veinticinco», me soltó, y se fue.
Las primeras las cuento en el vaso del desayuno. Las otras caen en la botella de agua que subo al tajo y que me bebo con el bocadillo de mediodía. Saben a fresa con un fondo de menta. Antes meneo bien el frasco, porque las hierbas se posan abajo, y por la noche ni lo toco: yo con el sueño no juego.
A media tarde, con el rodillo en alto, aguanto sin el segundo cortado y sin bajar al bar a por una chocolatina. Lo demás es cosa mía: el bocadillo de panceta ahora es de atún con tomate y los domingos salgo a andar por la vía verde. El peto blanco ya no me tira de la tripa cuando me agacho a por el bote.





