Las bayas que secaba mi abuela, ahora en un bote
Mi abuela recogía majuelas en los ribazos de Cariñena y las secaba para el invierno; decía que eran cosa del corazón. Me acordé de ella el día que vi esas mismas bayas rojas en la etiqueta de un bote, buscando en el móvil algo con espino blanco. Me pudo la nostalgia y lo pedí por mi cuenta.
Lo guardo en la cocina, en la balda de las tazas. Tomo una cápsula después de desayunar, antes de bajar al taller a encender el horno, y otra después de cenar. Nunca en ayunas: lo probé un día con prisas y el ajo se me repitió hasta el mediodía. Con comida por delante, ni rastro.
Paso muchas horas de pie, entre la mesa de amasar y el horno, y antes llegaba a la tarde arrastrando los zuecos. Ahora remato la hornada con más ánimo y subo los sacos de barro sin tanto resoplido. También ayuda que salgo a caminar entre viñas al atardecer y que el vino lo reservo para los domingos. La revisión, cada otoño.








