Dos cápsulas que caben en el horario de una grúa
Desde la cabina de una grúa torre se ve medio valle del Jiloca, pero también se nota cada racha de cierzo, y ese nervio se me venía a casa metido en el pecho. Mi hermana, que ya iba por su tercer bote, me dejó uno encima de la nevera sin decir nada. Lo empecé un lunes, antes de subir.
Tomo una cápsula con el café de las seis y la otra al llegar a Calamocha, haya cenado o no, porque en la obra el bocadillo cae cuando se puede. Los primeros días estuve atento por si la melisa me daba sueño allá arriba; no pasó, pero sigo pendiente. En la fiambrera llevo siempre la de reserva.
Bajo la escalera menos revuelto que antes y por la noche el cuerpo afloja más pronto. La tensión me la sigo apuntando cada domingo, he cambiado la longaniza del almuerzo por fruta entre semana y salgo a andar por la ribera. El reconocimiento de la empresa lo paso cada año, como siempre.








