Cincuenta gotas contadas despacito en el vaso
Mi hijo me puso el móvil delante mientras yo desgranaba habas: un frasquito con cuentagotas, para el corazón y los nervios. Le dije que sí antes de que acabara de explicármelo, porque a mí las gotas siempre me han entrado mejor que las pastillas. Llegó a Níjar una mañana de viento de levante.
A la hora de comer cuento las gotas sobre un vaso con dos dedos de agua, despacito, que cincuenta son muchas y si me hablan me pierdo. El frasco lo guardo en la alacena del fondo, la más fresca de la casa, porque aquí el sol aprieta. Como lleva valeriana, después me siento un rato en la mecedora y no cojo el coche.
Desde que las tomo, los disgustos de la familia ya no me duran hasta la noche, y cojo el sueño antes. Además, salgo a andar con mi vecina cuando refresca, guiso con menos sal que antes y me tomo la tensión en la cocina. Al médico voy cuando toca, eso no se discute.








