Pruebo las natillas con la punta de la cuchara
Doy de comer a doscientos críos en un colegio de Arnedo y a mi cuchara le toca probarlo todo, natillas incluidas. El lío venía después, con las bandejas de postre que sobran. Mi vecina de rellano, tan golosa como yo, me enseñó en el ascensor su bote blanco y granate y esa misma tarde pedí otro igual.
Lo guardo en la taquilla, junto al gorro, y sigo la pauta del envase sin saltarme un día, siempre con agua y a la hora en que come el personal. En la cocina saben que ese rato es mío: diez minutos sentada, con mi plato de verdura y un vaso grande de agua; después toca servir los postres de los críos.
Ahora el postre lo cato con la punta de la cuchara y ahí lo dejo, cuando antes repetía sin darme cuenta. Vuelvo a casa andando por la vía verde del Cidacos en lugar de coger el coche y de cena hago verdura. Mis controles van como siempre, cada seis meses, y no pienso faltar a ninguno.





