El café lo acepto; las pastas se quedan en el plato
A un fontanero le pagan la factura y, encima, la merienda: en Laguardia no hay casa donde no me saquen café con pastas en cuanto cierro la llave de paso, y yo nunca supe decir que no. En la cocina de un cliente, mientras le cambiaba el sifón del fregadero, vi un bote blanco y azul junto al frutero y le pregunté qué era.
Pedí el mío aquella semana. Va con la comida, como pone en el modo de uso, así que el bote come conmigo: en casa, al lado de la jarra del agua, y si tengo obra fuera, dentro de la fiambrera. La tapa se abre con una sola mano, cosa que agradezco cuando vengo de pelearme con una caldera.
El café lo sigo aceptando, por educación, pero las pastas se quedan en el plato y no me voy con cara de pena. Dentro de la muralla no entra la furgoneta, así que cargo la caja de herramientas cuesta arriba, y los domingos bajo andando hasta las lagunas. La revisión me toca en primavera, como todos los años.





