Una caja plana en la visera del camión del butano
Reparto butano por los barrios altos de Águilas, bombona al hombro y escaleras sin ascensor. Con semejante trajín me creía a salvo de todo, hasta que me tocó empezar a mirarme el azúcar. Mi hermano mayor, que lleva años en esas, me dio una de sus cajas blancas y rojas para arrancar.
Es tan plana que viaja en la visera del camión. Me atengo a lo que pone el envase: la cápsula cae con el bocadillo, a la sombra, con agua de la nevera portátil. El refresco de cola de media ruta lo he cambiado por agua con gas, que al principio me supo a castigo y ahora ni me acuerdo.
Termino el reparto sin la parada en la panadería de la esquina, que antes era fija. Los sábados camino por el paseo marítimo de la bahía de Levante hasta el pie del castillo, y en casa el arroz ha pasado a ser cosa de domingos. Los controles siguen su curso; yo solo cuento cómo acabo la ruta.





