Dieciséis habitaciones, un carro y mi frasco del ciervo
Hago dieciséis habitaciones por turno en un hotel de carretera, cerca de Morón: camas, bañeras y un carro cargado hasta arriba. Una compañera de planta llevaba un frasquito blanco con un ciervo asomando del bolsillo del delantal. Me picó la curiosidad, ella me apuntó el nombre en un papel del office y esa misma noche lo pedí.
En casa me lo doy nada más salir de la ducha, con la piel bien seca: gemelos, corvas y riñones. Froto hasta que la piel se lo traga y ya no me mojo en una hora, que es lo que piden las instrucciones. A media mañana, si la rodilla va cargada, otro poco en el cuarto de lencería.
El fresco llega enseguida y las piernas se me quedan ligeras para hacer la cena sin sentarme a cada rato. Es pequeño, pero con el dosificador cunde. Aparte he cambiado de zuecos, estiro contra la pared antes de fichar y, las tardes que libro, me doy una vuelta sin prisa por el paseo del Gallo.








