Dos comprimidos rojos junto a la radio de la cocina
Me pasé media vida con unos cascos puestos, atendiendo reclamaciones en un centro de llamadas de A Coruña, y aquella prisa se vino conmigo a Carballo incluso después de jubilarme. Mi nuera, que lee las etiquetas como quien lee novelas, me trajo un bote de Cardiotensive porque le gustó que el rojo saliera de frutas.
Son comprimidos alargados, fáciles de tragar, y tomo los dos del día con un vaso grande de agua mientras escucho el parte de las nueve. Tengo el bote pegado a la radio para no despistarme. Al principio me quedaba un fondo de ajo en la boca, poca cosa; con una manzana detrás, ni me entero.
Por las tardes me noto con más sosiego y menos acelerada por dentro. Claro que también ando cada mañana por la orilla del Anllóns, le echo menos sal al caldo y no falto a ninguna revisión. Mi hijo dice que he cambiado los cascos por el paseo, y algo de razón lleva.








