Leí los miligramos uno por uno y pedí el mío
Entre cajas de botones y carretes de hilo he pasado cuarenta años, y de tanto mirar composiciones de telas ya no sé comprar nada sin darle la vuelta a la etiqueta. Mi cuñada, que me conoce, me pasó por encima del mostrador su bote rosa de Herzeten para ver qué le decía. Venían las cantidades, una debajo de otra.
Tomo una cápsula con la tostada de la mañana y la otra con la cena, que suele ser una tortilla francesa. La primera semana anduve con la barriga algo revuelta, cosa de la inulina, y se pasó sola. He apuntado en el almanaque de la mercería lo que dura cada bote, igual que apunto los pedidos de cremalleras.
Ahora llego a la hora de echar el cierre con más cuerda, y los dos pisos hasta casa ya no me los pienso tanto. También pongo de mi parte: menos sal en el puchero, un paseo largo antes de cenar y el tensiómetro los lunes. La revisión con la doctora me toca en primavera y allí estaré.








