Dos con el mollete, antes de salir al olivar
Tengo olivos en Montilla desde que me los dejó mi padre y, aunque los hijos me riñen, sigo yendo al vareo. Mi hija, la que vive en Córdoba, me vio apuntar la tensión en un cuaderno y volvió con un bote gris y verde que lleva un corazón pintado. «Dos al día, papá, lo pone aquí», me dijo.
Las tomo con el mollete y el café, antes de salir al campo, y así no hay olvido. Pasan bien con un sorbo; del ajo solo me acuerdo si me repite, y poco. El bote da para diez días justos, de modo que ella ya pide dos cada vez y me los deja en la alacena, lejos del calor del fogón.
Yo me noto más sereno a la hora de la siesta, que era cuando más vueltas le daba a todo, y llego a la tarde con otra cara. Sigo con mi cuaderno, con mi pastilla de siempre y con mi cita en el centro de salud cuando toca. Lo que sí he cambiado es la sal del salmorejo: ahora, la mitad.





