A las nueve entro en clase con la cara sin brillos
En mi clase de cuarto de primaria, en Ontinyent, la calefacción no se apaga hasta abril; entre eso, el polvo de la tiza y las guardias de patio, tenía la cara y el escote siempre resecos. Las cremas densas no me valían: a media mañana me brillaba la frente. Una compañera del claustro me dejó probar su tarrito en un recreo.
Hice primero la prueba en el antebrazo, que es lo que pide el prospecto, y no salió nada. Desde entonces me la pongo al levantarme y al acostarme, con la piel limpia: cara, cuello y escote. Es blanca y ligera, se va en nada; me abrocho la blusa al momento y no mancho el cuello, cosa que a las siete de la mañana se agradece.
En el espejo del baño de profesores veo una piel más lisa, sin brillos a la hora del recreo, y el escote ya no me raspa con el collar. Sigo con lo de siempre: sombrero y protector solar para vigilar el patio, la botella de agua en la mesa y, los sábados, la caminata hasta el Pou Clar con dos amigas. El tarro, lejos del radiador.








