El tubo morado que viene conmigo al comedor del cole
A las cuatro de la tarde tenía la piel como cartón. Soy monitora de comedor en un colegio de El Ejido: dos turnos de críos, el vapor de las ollas y luego una hora de patio con el poniente dándome en la cara. Mi hermana pequeña llevaba un tubo morado en el neceser, me lo dejó un fin de semana y el lunes encargué otro para mí.
Por la mañana, con la cara limpia y antes de coger el coche, saco una nuez del tubo, la reparto a toques y la extiendo de dentro hacia fuera; por la noche repito, ya sin prisas. No resulta pesada ni me saca brillos, cosa que se agradece con el calor de la cocina. Encima va el protector solar, porque el patio no perdona.
Noto la piel jugosa hasta la tarde y el tono menos apagado; el maquillaje ya no se me queda metido en las líneas de la frente. El tubo lo guardo de pie y lo apuro hasta el final. Lo demás es cosa mía: gorra en el recreo, la botella de agua siempre llena y los sábados un paseo largo por Almerimar.








