De la leña al frío, y la cara tan tranquila
Regento una casa rural encima de Berga: enciendo la chimenea a las siete, salgo a por leña con el aire de la sierra en la cara y vuelvo a entrar veinte veces. En enero tenía las mejillas como una lija. Una huésped que sube cada otoño a por setas me dejó probar su frasco blanco y apunté el nombre en la libreta de reservas.
Con la cara lavada, y antes de liarme con los desayunos, me pongo una pulsación y media, repartida con calma por mejillas, frente y barbilla. Es densa, de manteca, y con poca cubro toda la cara. Por la noche repito, cuando ya he recogido el comedor y me siento por fin junto al fuego.
Al pasar del fuego al frío la cara ya no me tira, y las mejillas llegan a la noche sin ese rojo de montaña. El pulsador saca lo justo y el frasco me está durando. Aparte, me subo la braga de cuello hasta la nariz para ir a por leña, bebo más agua y los lunes, sin huéspedes, camino hasta Queralt.








