Entre cajas de libros la cara ya no me tira
En la librería se me secan las manos de mover papel y la cara de la estufa de butano, que en Baza no se apaga de noviembre a marzo. Una amiga del club de lectura sacó del bolso un tarro blanco, me dejó oler la crema y me puso un poco en el dorso de la mano. Lo encargué esa noche, en cuanto bajé la persiana.
Me la pongo al levantarme y antes de acostarme, con la cara recién lavada: una pizca calentada entre los dedos, de la barbilla a las sienes y cuello abajo. Es densa, de las de antes, y con poco basta. Por la mañana dejo que se asiente mientras desayuno y después me echo el protector solar.
Cuando cuadro la caja por la tarde ya no tengo la frente tirante, y el colorete no se me agrieta en los pómulos. El tarro cunde: con lo poco que gasto, hay crema para rato. Y hago lo que me toca: bebo más agua, tengo un cuenco con agua encima de la estufa para la sequedad y los domingos me doy una vuelta por la Alcazaba.








