Una cápsula al día y el blíster en el atril
Entre alumno y alumno de piano apenas me queda hueco para un café. Una alumna de las mayores, jubilada ya, sacó en mi salita de Luarca sus cajitas rojas del bolso de las partituras: le gustaba que fuese una sola cápsula. A mí, que olvido todo lo que haya que tomar dos veces, eso fue lo que me convenció.
La tomo con la comida, justo antes de que llame al timbre la primera alumna de la tarde. El blíster lo dejo en el atril, al lado del metrónomo, y así no hay despiste posible. Como soy alérgica a medio jardín, leí bien la caja: lleva apio, que a mí no me hace nada, pero conviene saberlo.
Noto las tardes más serenas, como si alguien me hubiera bajado el metrónomo un par de puntos. No lo fío todo a la cápsula: he quitado el salero de la mesa, bajo andando hasta el puerto cada mañana y apunto la tensión los jueves. Las revisiones, las de siempre, en su fecha.





