La víspera del mercado ya no cuento mantelerías
Los mercadillos de la ría de Arousa son mi oficina: un día monto el puesto de ropa de casa en Cambados y al siguiente donde toque. La víspera de cada feria me acostaba repasando el género de memoria, sin pegar ojo. La mujer del puesto de quesos, que me conoce de veinte inviernos, me pasó la caja naranja de su Cardiotonus.
Son dos cápsulas diarias, con comida. La primera la tomo con el bocadillo de media mañana, ya con la furgoneta aparcada y el toldo montado, porque lleva valeriana y al volante no quiero ni un bostezo; la segunda, cenando. Como el bote es de cuarenta, me dura casi tres semanas y no ando pidiendo cada dos por tres.
Ahora la noche antes del mercado me duermo sin contar mantelerías, y por la mañana cargo las cajas más entera. Lo demás corre de mi cuenta: ando por el paseo marítimo los días sin feria, he cambiado los embutidos por pescado y me miro la tensión al volver del puesto. El chequeo anual, sin falta.








