Entre calandras y vapor no me hacía falta más café
Ocho horas de pie entre la calandra y el vapor: ese es mi turno en una lavandería industrial de Valdemoro, la que lava las sábanas de media docena de hoteles. Al salir arrastraba una pesadez de tripa que no se iba ni cenando ensalada. Mi cuñada tenía esta caja amarilla en la encimera y me dejó leerla: ni gota de cafeína.
Eso me convenció, porque a mí el té verde me pone el corazón a cien. Sigo lo que indica el envase y me la tomo con el desayuno, el vaso de agua entero, antes de salir hacia el polígono. Por la tarde nunca: leí que a algunas personas las espabila y yo madrugo demasiado para andar con experimentos.
Ahora me noto la tripa menos cargada al acabar el turno y ya no llego a casa buscando el sofá. Pongo de mi parte: fiambrera de legumbres en vez del menú del bar y, cuando salgo pronto, una vuelta larga por el parque Bolitas del Airón. La caja la dejo junto a la tostadora, que es la manera de no saltármela.








