Un blíster hace de marcapáginas en mi novela a medias
Abro la biblioteca municipal de Sueca a las nueve y hasta el cierre voy del mostrador de préstamos al carrito de devoluciones. Una compañera del club de lectura sacó un blíster del bolso un jueves, mientras recogíamos las sillas, y me contó que así llevaba mejor su dieta. Pedí una caja esa misma semana.
Me tomo una cápsula al desayunar y la otra con el táper, en la sala del personal. El segundo blíster hace de marcapáginas en la novela que tengo a medias, y así viene siempre conmigo. Por la tarde ni tocarlas: el té verde tiene su cafeína y yo, si me desvelo, acabo leyendo hasta las tantas.
A las seis, cuando entran los críos a hacer los deberes, antes iba a rastras; ahora me queda cuerda y no cruzo a la pastelería a por un trozo de coca de llanda. Mi parte también la hago: vuelvo a casa andando junto a la acequia y el domingo, con la paella, no repito. La rebeca del trabajo me abrocha ya sin que tiren los botones.








