El vaso de naranja que espera junto al mundillo
Mantillas y juegos de cuna: eso sale de mis bolillos, por encargo, en un cuarto de mi casa de Loja. Son horas sentada y, cada vez que soltaba los palillos, acababa delante de la lata de los roscos. Mi hermana vino de Granada con un bote pequeño, una cuchara blanca dentro, y me preparó un vaso allí mismo.
Lo preparo en la cocina: la cucharilla blanca rasa, el vaso de agua y vueltas hasta que no se ve polvo. Me lo llevo al cuarto de labor con una pajita, para no gotear sobre el hilo. Cae uno a media mañana y otro antes de comer, nunca al atardecer, que la naranja amarga espabila. Cada bote son cinco días.
Entre vuelta y vuelta de bolillos ya no me levanto a la cocina cada media hora, y la lata de roscos aguanta la semana entera. Aparte, al caer la tarde bajo andando con las vecinas hasta los Infiernos de Loja y ceno temprano. A la falda de los domingos le he cosido un corchete nuevo, más adentro.








