Con las tejas de Tolosa delante, y yo tan tranquilo
En mi carpintería de Tolosa el almuerzo de las diez es sagrado: café y una caja de tejas y cigarrillos que siempre trae alguien. Yo era el primero en meter la mano. Mi hija mayor vio en casa de una amiga la caja fucsia del reloj de arena, leyó «gymnema», pidió otra y me la plantó en el banco: «Para el goloso de la familia».
Me la trago al desayunar, como pide el envase, con un vaso de agua detrás. El segundo café de la mañana lo he quitado, que con la naranja amarga ya voy despierto de sobra, y las bebidas energéticas que trae el aprendiz ni las huelo. Diez cápsulas se acaban pronto: en casa ya han encargado la segunda caja.
Las tejas siguen llegando, pero ya no me levanto a por la tercera; con una me quedo en paz. Hasta la hora de comer tengo cuerda para cargar tablones sin sentarme. Lo demás corre de mi cuenta: ceno verdura con un huevo y los festivos subo al Uzturre con los perros. Ellos siguen esperando su galleta al bajar; yo ya no.








