Las perlas del estante de los tintes
Mi taller es un bajo de Vinaròs que huele a goma laca y aguarrás; allí restauro muebles y allí como, de fiambrera: arroz, pollo y poco más. En una feria de artesanía, la jabonera del puesto de al lado aliñaba su ensalada con aceite de cáñamo. Lo probé y a cucharadas no me entra; al saber que lo había en perlas, pedí un tarro.
Tomo una al acabar la fiambrera y otra después de cenar, y nunca en ayunas: un aceite con el estómago vacío repite, lo mismo este que el de oliva. El tarro, tan oscuro y con su tapa dorada, está en el estante de los tintes, lejos de la ventana, que los aceites y el sol se llevan mal y eso lo sé por oficio.
Entran sin sabor ninguno y me dejan la tranquilidad de que a mi dieta ya no le faltan esas grasas vegetales, sin tener que acordarme de aliñar nada. También he metido sardinas un par de días por semana y un puñado de nueces a media tarde. Y cada dos horas de lija suelto la herramienta y estiro la espalda.








