El amargo que tomo al volver del horno
El horno de la panadería de Ribadeo donde trabajo se enciende a las dos de la mañana, así que como al revés que todo el mundo, y en verano, con las fiestas y las empanadas de encargo, pico de todo lo que sale de la pala. Mi cuñado, que es muy de amargos, me dejó en septiembre una de sus cajas verdes.
Lo tomo al llegar a casa, a media mañana, con el estómago vacío y un vaso grande de agua, y luego me echo una hora antes de comer. Él me avisó de que no mordiera la cápsula, que aquello amarga como la genciana. El bote está en la alacena, detrás del salero, que es donde miro siempre.
Fue una tanda corta, como tenía pensado, y la corté cuando tocaba. Noté que la comida del mediodía ya no se me quedaba parada toda la tarde y que me levantaba de la siesta despejado. También volví al caldo de grelos y a caminar por la orilla de la ría los días que libro. Cuando pasen las fiestas del año que viene, repetiré.








