Un bote naranja en el cajón del cambio de la frutería
Mi parada da a la calle, en el mercado de Palafrugell, y de octubre a marzo despacho mandarinas con mitones y la tramontana metida en el cuello. Una clienta de las de cada sábado sacó del capazo un bote naranja y me contó que ella lo empieza cuando cambian la hora. Me hizo gracia el color: parecía de mi género.
Lo tomo comiendo, como marca el bote: a mediodía, sentada en una caja detrás de los caquis, con el bocadillo de tortilla y agua de la cantimplora. Hago como ella: unas semanas en otoño, descanso, y otra tanda pasado Reyes. El bote vive en el cajón del cambio, que es el único rincón del puesto que abro seguro todos los días.
Este invierno he llegado a febrero con ganas de montar la parada y con voz para cantar el género, que otros años a estas alturas iba arrastrándome. No lo fío todo al bote: me abrigo como una cebolla, ceno caldo con la verdura que no he vendido y la tarde que libro me acerco dando un paseo al faro de Sant Sebastià.








