El tubo negro que vive junto a la mesa de mezclas
Presento el magacín de la mañana en la radio de Tarancón: tres horas sentada ante el micrófono, con los cascos puestos y las piernas quietas bajo la mesa. Al levantarme, las rodillas tardaban en enterarse. Un día vino al programa el club de senderismo y, ya fuera de antena, una veterana me enseñó el tubo negro de su mochila.
Lo pedí esa misma semana y ahora vive junto a la mesa de mezclas. Lo uso dos veces: antes de entrar en antena y al terminar el programa, en el cuartito de los discos. Una capa fina en cada rodilla y un poco en la nuca. Primero refresca sin picar, con olor a hierbabuena, y al rato va viniendo un calor tranquilo, sin sobresaltos.
Bajo las escaleras de la emisora más suelta y ya no acabo la mañana con el cuello encogido. De mi cosecha: en cada bloque de anuncios me levanto a dar unos pasos por el pasillo, y por las tardes salgo con una amiga a andar por el camino que va al santuario de Riánsares.




