Diez horas doblado sobre la horma y un frasco en la repisa
Arreglo calzado en un taller pequeño de Consuegra, y eso son muchas horas encorvado, con el martillo en una mano y el zapato sujeto entre las rodillas. Un cliente de toda la vida, camionero él, me dejó probar el frasco que llevaba en la cabina. A la semana ya había pedido el mío.
Lo tengo en la repisa, entre los betunes. Al echar el cierre me pongo una pulsación en cada hombro y otra en la parte baja de la espalda, y mi mujer me lo extiende donde yo no llego. El frío viene antes de acabar el masaje y huele a pino, cosa que se agradece en un sitio que siempre huele a cola.
Desde que lo uso, la espalda se me queda más suelta al cerrar y subo a casa menos agarrotado. Se seca rápido y no me deja las manos resbaladizas para seguir cosiendo. Aparte, me he comprado un taburete más alto y los domingos subo andando hasta los molinos, que también cuenta.








