Un espray de calor entre los electrodos y la careta
Yo de cremas no he sido nunca: me dejan las manos resbaladizas y luego no agarro bien la pinza. Hago rejas y portones en un taller de Coín desde los diecinueve, y en enero el hierro está tan frío que las manos y la espalda tardan en arrancar. Fue el aprendiz quien me enseñó en su móvil un espray de calor, y lo pedí por probar.
Lo tengo en la estantería de los electrodos. Antes de encender el equipo, con la piel seca, me doy un par de toques de espray en las muñecas y otro en los riñones, y froto hasta que desaparece. Primero viene un fresquito de menta y enseguida un calor suave. Huele a canela y a romero, toda una novedad en un taller de hierro.
Con ese calorcillo y la friega, las manos se me quedan más sueltas para coger la pinza y la espalda, menos tiesa al agacharme a puntear. De mi cosecha, me he soldado un caballete para no trabajar en cuclillas y a media mañana estiro un rato contra el portón. El frasquito, con lo pequeño que es, cunde.








