Diez días, veinte cápsulas y una cruz por cada toma
Treinta años delante de un torno, en un polígono de Colmenar Viejo, te dejan una manía: todo va por medidas, décimas y tolerancias. Mi hija trajo el bote a casa después de las fiestas, cuando decidimos comer más ligero, y lo primero que leí fue el 8CH. A mí una cifra impresa en la etiqueta me da confianza.
La pauta es de las que me gustan, corta y con final: una cápsula al levantarme, antes del café, con medio vaso de agua templada, y otra al volver del taller, antes de poner la mesa. Veinte cápsulas, diez días. Taché cada toma en el calendario del taller, al lado de los partes de mantenimiento.
No cuento más de lo que hubo: diez días cenando verdura y pescado a la plancha, sin la cerveza del mediodía y subiendo a pie hasta la Dehesa de Navalvillar al salir. Me encontré más ligero y con mejor despertar. El bote me hizo de reloj para todo lo demás, y con eso me doy por contento.





