El vaso verde de antes de entrar al aula
Tengo a los de tres años en una escuela de Gernika, y septiembre, con el periodo de adaptación, me deja para el arrastre: vuelvo de un verano de terrazas y pintxos y a las nueve ya llevo veinte críos colgados de la bata. Una compañera de ciclo guardaba una cajita negra en la mochila y me enseñó el frasco en el recreo.
Yo ya bebía un vaso de agua nada más levantarme, así que solo tuve que añadirle las gotas, las que pone el envase. El agua se queda verde, tirando a hierba recién cortada. Desayuno media hora después, mientras recorto las fichas del día. El frasco no sale de la mesilla: en la cocina, con las prisas de las ocho, se me pasaría.
Entro en clase ligera y espabilada, sin la pesadez de estómago con la que arrancaba otros cursos, y llego entera al almuerzo de los pequeños. Pongo de mi parte: ceno antes, he dejado el coche aparcado y subo a pie hasta casa, y los lunes, que aquí es día de mercado, lleno la bolsa de pimientos y alubias y no de pasteles.





