Cinco semanas de vendimia con el taller abierto
En vendimia mi taller de Olite no cierra: se rompe un tractor a las once de la noche y a las seis tiene que estar entrando otra vez en la viña. Son cinco semanas de dormir a trozos y comer encima del capó. Mi mujer, que sale a por setas en cuanto llueve, leyó sobre el reishi y me dejó la caja roja en el banco de trabajo.
Las tomo como manda la caja, comiendo y con agua; en campaña la comida es lo que se pueda y a la hora que se pueda. Me gustó que fuera una sola cosa: seta y punto, sin lista que descifrar. Y me viene bien que la caja roja se vea de lejos entre tanto bote de grasa: así no se me pasa ningún día.
Este año llegué al último remolque cansado, claro, pero entero, sin ese bajón de la tercera semana en el que otros años no daba pie con bola. Algo hice yo también: me obligué a parar veinte minutos para comer sentado y a acostarme en cuanto bajaba la persiana. En noviembre, ya con calma, subo al monte con la cesta.




