Leí la caja como quien repasa una memoria de calidades
Dibujo planos en un estudio de Sangüesa: naves, bodegas, alguna casa rural. Son nueve horas de pantalla y ratón, y a mis cincuenta y siete llegaba a la noche tan plano como mis alzados, para todo. En la cena de los jueves, uno de la cuadrilla contó, sin que nadie preguntara, que él tomaba unas cápsulas de caja azul.
Repasé la composición igual que una memoria de calidades: citrulina, arginina, zinc, selenio, sabal, ginseng y dos vitaminas. Me cuadró y pedí tres cajas, que cada una trae diez cápsulas. Sigo la pauta del envase, con el plato de mediodía y un vaso de agua; de noche ni tocarlas, que el ginseng y mi sueño no hacen buenas migas.
A las siete de la tarde aún me queda cuerda para bajar al huerto, y con mi mujer he recuperado una seguridad que daba por perdida. La caja no trabaja sola: voy andando al estudio por el puente de hierro, he quitado el pacharán de entre semana y el reconocimiento de la mutua no me lo salto.








