Los blísteres viven en el cajón de los tornillos de latón
En agosto mi ferretería de Almuñécar no echa el cierre a mediodía: copias de llaves, ventiladores, bombonas y el mostrador lleno de veraneantes. Llegaba a casa a las diez sin ganas ni de cenar. Un viajante de cerraduras, de mi quinta, sacó del maletín una caja blanca y azul y yo apunté el nombre en un albarán.
Me guío por el envase y nunca con el estómago vacío: en la trastienda, tras el plato de comida que me baja mi mujer. El primer día tragué una cápsula con el café solo y el estómago me lo estuvo recordando hasta las doce. Los blísteres los tengo en el cajón de los tornillos de latón, el que más veces abro al día.
Noto que el viernes ya no llego arrastrándome y que en casa vuelvo a tener conversación, y ganas de lo que viene después. No todo es la caja: he vuelto a nadar en la playa de San Cristóbal antes de abrir y ceno pescado tres noches por semana. La revisión de todos los años la sigo pasando en septiembre.





