El batido de la cabina, en vez de la palmera
Hago ruta nacional con un frigorífico: salgo de Huércal-Overa el lunes y hasta el viernes mi cocina es la cabina. Lo malo eran las áreas de servicio y sus palmeras de chocolate. Un compañero de la base, fijo del gimnasio, me metió en la bolsa un bote amarillo de tapa roja y un vaso mezclador: «Para cuando te entre el mono».
Lo preparo en la litera, antes de arrancar: un cacito, agua de la garrafa o leche de la nevera de la cabina, tapa y a agitar. Sabe a chocolate de verdad y no lleva azúcar, que lo pone bien claro en el bote. De noche no lo tomo, porque el cacao me espabila y a las cinco hay que estar otra vez al volante.
Con el batido en el cuerpo paso por delante de la bollería sin frenar y ya no me ruge el estómago antes de la parada de comer. También he cambiado el plato combinado por el menú con ensalada, y en las paradas largas doy vueltas andando al aparcamiento. Ya no echo el asiento hacia atrás para que el volante no me roce la tripa.








