La alarma del taxi suena media hora antes de comer
Llevo el taxi en La Bañeza desde hace doce años: carreras a la estación de León, al mercado de los sábados y, entre servicio y servicio, sentada en la parada con el bocadillo. Comía cuando podía y lo que pillaba. Otro taxista de la parada me enseñó su caja blanca y morada, la del dibujo del ADN, y me picó la curiosidad.
Lo que más me costó fue lo de la media hora, así que puse una alarma en el móvil del salpicadero: suena a la una y media, cápsula con un trago de agua, y a las dos como. La otra va antes del desayuno y no de la cena, porque lleva ginseng y yo a las once quiero estar dormida. Cada bote son cinco días justos.
Esos días llego a las ocho de la tarde con más aguante, sin el bajón que antes arreglaba con un bollo de la gasolinera. De paso, la alarma me ha puesto horario: como sentada y a mi hora. Aparco lejos para andar un rato y el día que libro saco la bici por la ribera del Tuerto. Acabado un bote, descanso unos días y pido otro.








