Cambié la lata de las once por un vaso rosa
Tengo el quiosco de la plaza, en Peñaranda, y me paso el día encajonado entre revistas, gominolas y la nevera de los refrescos. A las once me abría una lata con un paquete de pipas; a las cinco, otra. La dueña del estanco de al lado me vio la cara de sueño y me habló del bote azul que guarda en la trastienda.
Ahora el mío vive debajo del mostrador, junto al datáfono. Un cacito en el mezclador, agua de la botella, cuatro meneos y sale una bebida rosa que los críos miran con envidia. Tomo una después del pincho de media mañana y la otra al abrir por la tarde. Más tarde no, que lleva té y luego no pego ojo.
Las latas ya ni las abro, y de las bolsas de chuches solo me acuerdo para cobrarlas. Llego al cierre menos espeso, con ganas todavía de bajar la persiana y volver a casa por el camino largo. Los sábados he vuelto al frontón con la cuadrilla y el cinturón ha corrido un agujero hacia dentro.








