En la barca no hay nevera, y mejor así
Soy patrón de la barca de paseo de un embalse de la Montaña Palentina, a un rato en coche de Guardo. Entre viaje y viaje quedan veinte minutos muertos en el embarcadero, y yo los llenaba con torreznos del bar de al lado. Mi mujer, harta de oírme resoplar al saltar a cubierta, pidió un bote rosa y me lo metió en el chubasquero.
Lo tomo como indica el envase, con agua, antes de soltar amarras por la mañana y nunca después de comer, por el té verde. Los compañeros del embarcadero se rieron de la etiqueta, una silueta de señora que no se me parece en nada, hasta que vieron que yo pasaba de largo por delante de la barra.
El hueco entre el desayuno y la comida se me hace ahora más corto y llego a la mesa sin aquella ansia. El torrezno lo he cambiado por un puñado de nueces y, cuando amarro, subo la cuesta del pueblo a pie en lugar de coger el coche. Mi mujer dice que ya no resoplo al saltar a cubierta, y de eso entiende.








